martes, 6 de junio de 2017

L

Se trataba, pues, de un elefante. O acaso no lo era, porque lo único que estaba claro es que cuestionaba su propia elefantidad, creando así el hemiciclo del elefante y el del posible no elefante, que llegaban a hacer el amor y a parecer un todo circunferencial Este doblepiensa, además, se veía acrecentado cuando el elefante hacía cosas con su trompa que resultaban, a priori, poco usuales para el resto de la manada, cosas que solían atribuirse al género de las elefantas. Y la dichosa manada, ya saben, tiende a tildar de raro lo poco frecuente y, lo raro es, cuanto menos, peligroso.
            Se trataba, quizá, de un elefante. Con todo se consideraba agente de su propia contradicción y sufrimiento, y podía alegar en su defensa que ser contradictorio sufridor era demasiado calificativo como para ser objeto en sí mismo. Esas tan solo eran sus ropas. aquellas que se echaba por encima como barro los días de calor y se sacaba como si fueran moscas los días de calor en los que no estaba solo. Esto es de notoria curiosidad: este quizá elefante gustaba de relacionarse con otros elefantitos y elefantitas (sobre todo esto último) a los cuáles identificaba sin mayor dificultad como elefantes. Se admiraba de la posibilidad de no ser un elefante sino para el resto de estos paquidermos, a lo mejor la elefantidad no era sino algo externo, juicioso, decidido por una suerte de deus ex machina interno del resto de quizá elefantes y elefantas ajenos al posible elefante objeto de análisis.
            Intuía una cosa y solo una. Si en algún momento dejaba de tener dudas sobre si se trataba o no de un elefante pardusco, con un cuerno resquebrajado y unas enormes y costrosas patas, automáticamente se convertiría en un elefante. Esto le venía así de la sensación propiciada por los elefantes más elefantes de todos, cuya conducta parecía anoética e instintiva hasta tal punto que desprendía una suerte de felicidad consagrada. El no pensar equivalía a integridad, a alegría, a completo acomodo vital. Pero el elefante sobreestimaba la cantidad de seres que realmente jugaban con este modus vivendi. En sus estados más alejados de la lucidez, pensaba con una suerte de voz ancestral que en realidad casi todos los elefantes tenían taras, pero que tan solo era capaz de interceptar cierto umbral de imperfecciones. No tenía más que mirarse a sí mismo y admirar como a pesar de pasarse el día desnudo en la charca, sumido en este y otros monólogos dialógicos internos, nada indicaba que la manada tuviera la mínima conciencia de sus dudas, de sus defectos lógicos.

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