jueves, 8 de junio de 2017

Irrelevante

Tengo un acúfeno desde bien entrada la tarde y ustedes no sabrán, pero yo les explico. Simplificando, porque no me acuerdo de toda la escuela neurocientífica, es un ruido inexistente que se percibe en un oído, como un pitido o zumbido que no tiene origen externo sino interno. A groso modo es causado por un desajuste químico en los neurotransmisores del sistema auditivo, creo recordar que por sobreproducción de glutamato. Ya ven que cosa, experiencia supersensorial de primer orden, más vulgar y barata imposible, lograda con facilidad tras una noche en Moondance o La Nuit. El revés está en no haber salido de casa en todo el día hasta ahora, salvo para el aprovisionamiento cotidiano de vegetales en la tarde, absurda manera de contagiarse el acúfeno. Ahora salir, a las 2 am, sin rumbo fijo. Paseo por Las Tetas, ¿a estas horas, solo?, a mí no me extraña, francamente me extraña poco de mí. Si eso que me den más miedo unas tetas reales en mi cama que pasear por esta oscuridad rodeado de extraños, pero esa es mi ansiedad, ya saben, yo le doy la forma que quiero.
   Hoy pasa algo raro en Madrid, o no, pero tengo sensación de extrañamiento. Como cuando llegas a una ciudad nueva a instalarte o veraneas en algún apartamento random, bien alto. Ese murmullo de vehículos y carretera que acaricia tus oídos y sube por tu nuca, poniéndote a veces el vello de punta. Me pasa aquí, sinsentido, quizá sea porque en estas calles poco se ha escuchado el A Love Supreme o porque rara vez me encuentro una rata enorme y canosa persiguiendo una cucaracha, joder qué susto. Aceptaré esta vez que tengo algo de kafkiano y nota mental, leer La Met... Pero lo que en realidad ocurre es que estoy contando los días para irme, tal como contaba los días para venir. Cinco años entre dos cuentas atrás que aparcelan el período más importante de mi vida, dos cuentas atrás como corchetes, como paréntesis, como guiones de un infinito -imposible- flujo del pensar y del escribir. Prado, qué dirías tú de esto. Me imagino algo como «tranquilo, deja de querer acelerar los días. Ahí fuera existe alguien, llegará, no te pongas nervioso» y toda tu parafernalia, y todavía te creo porque tuviste razón y en un lustro tengo clavada esa conversación, y cuando te dije que no me gustaban las estrellas (ya sí) y me soltaste algo así como las 1001 razones para amar a las estrellas. Sí, me das fuerza, sin saberlo.
  Donde es fuera ahora. A donde tengo que volar esta vez. Destino nacional, supongo, por algo se empieza. La vista bien fija y el objetivo claro, el infinito, el triángulo, horizonte horizontal o vertical si estás tumbado. Seguir obviando lo temporal y acumular canciones, poesías, pensamientos y no fotos, casi nunca fotos. Acometer la traición suprema, seguir rebelde, seguir furioso, conmigo, contigo, con todos y con todo. Antitodo como antídoto, en vena. Sí, porque en el borreguismo jamás encontraré respuestas. Escalarme por dentro, clavarme los crampones y arrasar con todo hasta subir, seguir subiendo, nunca dejar de subir, de reír, de llorar. Cuestionar cada grupo, cada opinión, armarme de autocrítica y sentido del humor, preguntarme qué me falta y lanzarme de cabeza a por ello, a lo mariposa, en agua o aire. Vivir cada persona como si fuera la última. Porque podría serla. Como estos mis últimos momentos contigo, Madrid, ¿Madrid?

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