jueves, 25 de mayo de 2017

Sordina

A veces despierto y pareciera que la vida es eso, recortar el cuello de una vieja camiseta por el puro placer de romper costuras, vestirme de trapos y andarme al corral a romper almendrucos. Poner 94.5 en el dial y llenar tarros y tarros de cristal de almendras, haciendo una necesaria pausa cuando el café entra en comunión con la crema de orujo, o cuando la cerveza... para la cerveza no hay ninguna sintomatología que justificar, se toma en cualquier punto y ya está. Ir a ver, no solo a ver, es decir, ir a vivir a mi abuela y preguntarle por sus males y sus bienes y hacerle hablar de su padre que participó de la catedral de Sigüenza y tirar del hilo hasta mi difunto abuelo y como la casualidad quiso que tuvieran simiente y que naciéramos en La Mancha y no en Levante. O a mis tíos-padrinos expertos sin quererlo en cine, en alegrías, en interrogatorios de buena fe, en presencia permanente. Luego vamos a las afueras y Raúl y yo jaleamos patinando a toda la camada de perros para que corran, para que se cansen, para que sean tranquilos y felices ajenos a todo el absurdo que impera en cualquier parte menos en los corrales. Una vida entera escondiéndome de las estrellas pudiendo aceptar de antemano que yo no tengo por qué salir a mirarlas, que son ellas las que vienen aquí cada ocaso de visita, quizá a pegarse las buenas risas o calmarse con el absoluto que reina cuando todos duermen. Ahora quiero a las estrellas pero otra veces...

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