miércoles, 24 de mayo de 2017

Sigue

   Me encantan esas manos que te guían, que no hacen otra cosa que aferrar la tuya y desplazarla, en una instrucción cariñosa, hacia lugares remotos y cercanos, en un acompañamiento forzado, sorpresivo. Me encantan esas manos sedientas de enseñar en que lugar hay que cavar para buscar tesoros, esas manos maestras de cierto orden, legado del lenguaje corporal más tierno y divertido. Hay manos que guardan recelosas la velocidad espasmódica del hacer, que anonadan a cualquiera cuando transmiten un imperativo categórico del número exacto de jugadores que quieren en la piel. Esas manos aliadas de puntuales brotes de egoísmo, íntimo y único posible vínculo entre el reconocimiento absoluto de dos personas, esos amarres de dulzura que te muerden. Son en último término el mayor exponente de pereza, pues solo buscan descansar y que trabajen otras manos, que trabajen, que trabajen... otras manos.

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