jueves, 18 de mayo de 2017

Cool

Tal como lo cuento. Volvía yo a casa viniendo desde qué sé yo, La Pradera u Olavide a inferir por las fechas, devorado poco antes por las puertas del vagón de un viejo tren de la línea 1. Inmerso en los pulsos de cualquier cuatro por cuatro, bien fuerte, no vaya a ser que por error termine por escuchar lo que estoy pensando. Bip, y próxima parada: Atocha, y con una exactitud de colegio el mundo gira lo justo para que los andenes de Atocha se dibujen en las ventanas del metro, y la velocidad va decreciendo, lentamente, al compás del sonido de las revoluciones que caen y el frenado amortiguado y por fin nos detenemos. Levanto la mirada del suelo, estoy de pie, en el centro, no hubo suerte esta vez en la caza de asientos. Se abre la puerta que me queda en frente y cruza el umbral un pastor alemán (el perro) cabizbajo, serio, viejo y descolorido como él solo, con una correa y un amarre seguidos de las manos de un hombre evidentemente invidente. Me echo para atrás en un acto reflejo de conservación de la sustancia o de bondad para con el prójimo, el señor se aproxima precedido de su perro y se ase encomiablemente de la barra del techo. Al poco me pregunta si la próxima parada es Menéndez Pelayo y de alguna forma sus frecuencias se superditan a las de mis cascos y le escucho y soy capaz de contestarle que sí. Y todo podría haber acabado aquí, tan solo con la sensación de tímido respeto que guardo por los ciegos, pero no.
   Como la máquina de movimiento perpetuo que es el metro, se repiten los acontecimientos en la siguiente estación: progresivo enlentecimiento del tren, generación espontánea de los andenes y, para mi sorpresa, nueva apertura de puertas seguida de la entrada en mi vagón de un bastón extensible sujetado por vía de una persona que no veía. El nuevo ciego casi se choca con el anterior, pero armoniosamente lo esquiva con lo que supongo una suerte de percepción extrasensorial o comunicación telepática entre víctimas de la misma dolencia y se coloca detrás de él. El extrañamiento del vagón se generaliza mientras dos niños juegan con el perro del primer ciego y comienzan a hacer preguntas que incomodan a su madre. "Y esta cosa del perrito para qué es" y "¡Quiten las manos de encima, quietecitos hasta llegar a casa!" o cosas por el estilo. Las facciones de los invidentes reflejan una calma total, una abstracción casi mística, como si se movieran en su propio plano de la realidad, pero sin el como si.
   Casi sin quererlo recuerdo otra pareja de ciegos bien distinta, más... premeditada. Esta incómoda comedia trae a mi mente la entrañable pareja de ancianos ciegos de Ríos Rosas, que paseaban siempre felices sin poder ver que yo les veía. Tirando del hilo de las agrupaciones absurdas recuerdo a la mujer que paseaba cinco cachorros de carlino a la vez en el mismo barrio, y me pregunto que habrá sido de ellos. Probablemente todo o gran parte siga igual, al fin y al cabo no es el mundo el que gira tan deprisa sino yo. Hipotetizo que seré la única persona del universo en haber percibido la figura dibujada por la pareja de ciegos que jamás se han encontrado, los ciegos deliberadamente constituidos en pareja y la jauría de carlinos bebé. Sigo terriblemente orientado a las personas. Prefiero proyectar vidas, historias, compañías, antes que diseñar proyectos académicos, laborales... todo eso me sobra, envilece lo que yo considero natural. Nada importa si está todo el que te aporta que diría Laura, ¿se referirá a una sensación parecida? Anoto mentalmente que tengo que preguntarle.
   Mi minoría es un sonoro fracaso. La gente se muere o peor, cambia. Y yo ando sediento de conversaciones, besos y risas, la absoluta comprehensión. Poco a poco, aumentando la marcha como el tren, voy dejando atrás estos mares hipotéticos y emerjo en la bohemia de rostros anodinos, pantallas felices, carreras, empleos, planes de jubilación y demás formas de suicidios a largo plazo. La gente tiene un miedo terrible a sentir. Por eso nadie se da la vuelta tras un cruce de miradas y mis ojos siempre se estrellan en aburridas nucas, breve sinopsis de mi vida. Pero ya falta poco, un cupo de acelerones y frenazos más y estoy en mi cama haciendo poesía o música y entonces quizá haya merecido la pena sentir durante un rato. Algún día el metro saldrá disparado por la boca, con alas, y estoy deseoso de llegar al cielo y seguir haciendo poesía y música y cruzar un abrazo después de cada mirada y decirte cada noche que también quiero escuchar tus chorradas. Merecerá la pena, tiene que merecerla, y como siempre me ocurre cuando duermo poco, me precipito al acabar las cosas.

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