jueves, 18 de mayo de 2017

Bebop

No tiene por qué haber más letras, pero si un delirio no deja de crecer, me podría pasar escribiendo hasta el fin de los tiempos. Madrid es una ciudad muy puta cuando vuelves a casa en la soledad de la madrugada. El Puente de Segovia es una pantomima de caricatura, y el irrisorio cauce del Manzanares desacredita las tendencias suicidas de cualquiera. Imagínate chapoteando en ese lodazal que pretende ser un río luchando por ahogarte. La ruta que asciende hasta Príncipe Pío es tan fresca como siempre, y ante la invasión táctil de temperatura me permito recrear mis oídos con las bandas sonoras de vidas distantes. Voy borracho, voy bastante borracho. La absenta siempre fue una respuesta rápida a cualquier tipo de pregunta y un obstáculo formidable para el pensamiento.
   Luego ocurre lo contrario. La propiocepción puede ser agudizada por ese río verde, y casi sin quererlo viajas a otros universos. Las estaciones y las calles del pasado se mapean en tu cabeza con vida propia. Algunos rostros desfilan difuminados en tu marcha hacia Plaza España mientras navegas en tu sendero interno. Has perdido cualquier nexo con la realidad más allá del reconocimiento que tienes de la tristeza pintada en tu cara, en tus ojos. Atraviesas un primer beso y unas primeras citas en Madrid rumbo al pleno centro mientras el mareo termina de humillar a tus capacidades cinestésicas. Entre ojalás, cambios y decisiones no tomadas, discurres sinuoso al corazón de la ciudad y la única disyuntiva real es la del medio motorizado en el que dejarse mecer hasta llegar a Suburbia.
   Cena, aperitivo, desayuno. Aporte calórico de última hora para que el verde no tome por completo tu cabeza. Metro, verjas abiertas. Sabes que es demasiado pronto y decides entrar. Una vez entraste por la misma puerta en una situación parecida, pero acompañado de una mano ahora esquiva. Sonríes, o lloras, a efectos prácticos da igual. Estás en el circo. En el tío vivo de personajes grotescos de la noche capital. Te ases al lugar que te corresponde, tu barra favorita. Giras y giras en círculos, subes el volumen de tu banda sonora, no puedes volver a dormir. Si te duermes a veces te quitan pedacitos de ti mismo, bien lo sabes. Vuelas hasta la periferia, te despides de Nix, aparece tu almohada, te duermes, te quitan todo lo que tienes, sueñas.

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