viernes, 14 de abril de 2017

Camino (21/08/2015) - Mara

Y mira que cuando conocí a Mara era la cosa más rara del universo. Por aquel entonces ya tenía bien arraigada esa costumbre suya de dejar constancia de su sentir de las cosas, pero por lo demás era una persona algo distinta, retraída y cerrada como un bote de la deliciosa mermelada de higos que tomaba esperando a ser abierto. Ojos marrones y pequeños que agrandaba con un poco de esa sombra que la hacía parecer una gatita (o un mapache más bien, pero ella odiaba que le dijera eso). Encima, una media melena enrrubiecida por el sol de pueblo, bucles y ondulaciones que eran puro viento, y a veces coronada por una palmera con un lazo azul que era la cosa más hortera del universo. En su carita de lluvia, una nariz delgada y puntiaguda que te hacía cosquillas cuando te besaba la mejilla posando esos delgados labios suyos. No había por dónde cogerla con esos finos vestidos de verano que llevaba siempre, pero tanta extravagancia junta resultaba interesante. Era la persona más cariñosa del universo y, si te miraba fijamente, casi podías leer palabras en sus ojos, notar un abrazo de vapor o un beso de viento, esas cosas tan pequeñas e intensas que a mí me sobrecogían y me dejaban literalmente sin palabras. No se parecía a nadie que yo hubiese conocido hasta ahora, era como si para ella el tiempo pasara de forma distinta, como si el aire que respiraba no fuera el mismo que el nuestro, y yo lo achaco a sus ojos, a esos ojos de mi vida que me persiguen en sueños, que por seguro le filtraban el mundo de una manera inconcebible. Me enamoré casi la primera noche que hablé con ella, lo que antes se decía flechazo que es ahora limerencia; el caso es que vino ese impulso de tener que estar con ella para estar de alguna forma, de escuchar su historia como si fuera la mía propia, de respirar su mismo aire y, fíjate tú, de adoptar sus problemas. Qué miedo me daba todo eso después de lo que había sufrido hasta entonces, pero Mara fue lamiendo las heridas y pelándome como a una cebolla, y cuando me quise dar cuenta estaba terriblemente enamorado de su sonrisa y me vi diciéndole te quiero cualquier tarde de abril en una boca de metro cualquiera. Comencé a sentirme desnudo, pero junto a ella, así que Mara era la manta que me arropaba, mi abrigo contra el frío y mi paraguas ante la lluvia, el yang del yin, y juntos fuimos dejando huellas de cuatro pies en diferentes cafeterías, en multitud de camas, en trenes, en metros, en tazas, en calendarios, en plazas…
   Y suena pretencioso, pero es cierto, el decir que nunca la voy a olvidar, que cuando me aburro dibujo su sonrisa en un papel que acabo mojando entre lágrimas, que su confidencialidad es una joya, un tesoro, y sus ganas de vivir y de crecer se llevaban por delante ese estúpido deseo de madurar que los demás cargamos, porque Mara es una persona muy real, que se esfuerza por llenar sus años de vida y no su vida de años. La quiero mucho.

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