jueves, 16 de marzo de 2017

Enclave

Me atraganté de miedo. Me mataba la posibilidad de necesitarte para dormir. Me dolían los ojos al mirarte, casi tan alta como el cielo, la más intensa de todas. Torcí mi cuello para darte el beso más precipitado de mi vida y apenas me dolió. La primera vez que te vi aluciné con lo que después soñaría y con lo que terminaría por suceder, me arañaba el estómago la ausencia de dudas. Primero sucedió el alcohol, después la posibilidad y por último el miedo. Tan rabiosamente pícara, tan alucinante. No. Me faltaba el aliento para gritar que eras demasiado para mí, que no cabías en mi vida. Dejarte entrar y morir serían uno. Todavía se corren mis palpitaciones cuando pienso que me has visto débil y fuerte, que me has tenido a tu merced en cualquier superficie blanda, que merecí la pena, que fui algo más. Es terrorífico que alteres mi respiración diafragmática. Inexplicable el no deberte nada y querer hacer la primavera contigo. Si tan solo...
   Demasiadas explicaciones, demasiados cambios. Demasiados puntos débiles lacerando una Cosa inquieta. Resacas emocionales del milenio. Naciste sabiendo joderme la calma, eres la natural, y así como no voy a arder del horror. Yo, que tan solo quiero sentarme a ver pasar los trenes. En noches como esta se acaban los mantras de mi defensa absoluta. Necesito otro vaso y un abrazo, limpio.

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