viernes, 10 de febrero de 2017

Vinilo

Suena Parsons, o Young en la aguja, no importa, yo estoy en la cama y tú empiezas a lucir bella tras el cristal. Estás bellísima, aunque te veas apagada y traslúcida porque realmente no estás detrás del cristal (ni delante). Es solo que por un momento el reflejo vidrioso de tus Vans gastadas está situado a escasos centímetros de un desvencijado abrigo azul marino, deshilachado como tu seco pelo al viento, desaparecido e inexistente en la actualidad sin abrigar ninguna duda. Y por un momento casi te deseo en la magnitud de tu realidad y construyo tu presencia observándome trabajar desde la acera. Saludo a cientos de desconocidos que ignoran que pienso que te encuentras en la calle inmediata al cristal, pasando frío, mirándome con unos ojos dibujados tanatoestéticamente, acusándome (pero, ¿de qué?) desde unos pensamientos que solo pueden ser míos. 
   Me aburro. Me hago viejo hipotecando el tiempo en lotes insignificantes y contándolos hasta la saciedad. Siento cierta reminiscencia de morirme de dolor, o de amor, o de alegría, o de vivir, porque añoro hasta los malos momentos. Cuando todo era compacto, dúctil y fácil de manejar cómo una cascada de te quieros, un desprendimiento de reproches o una nube de arena dentro del corazón. ¿Sabes a lo que me refiero? Porque este lento tañido del sentir no puede matarme, me pregunto de hecho si vivo. Quiero dejar de fingir que escribo.
   Parpadeo y soy yo de nuevo, estrechando la metafórica mano de la clase media-alta española, apelando al ego y sonriendo de forma pragmática, como si no conociese alguna otra. O me estoy equivocando y sigo escuchando Tonight is the night o Standing on higher ground desde la cama. Realmente no me importa, mi cabeza sigue sobre los mismos hombros, los tuyos.

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