lunes, 28 de noviembre de 2016

Llueve dentro

Hasta el último de sus momentos se acordaría Mara de Alex en los días de lluvia. Y teniéndolo delante sosteniendo su mano mientras ella decidía seguir muriéndose, miraba a través de él y se encontraba recostada en su pecho o dormida en su regazo. Esos fantasmas vivientes que alguna vez fueron hablaban de salir a pasear en pijama, saboreando cada gota de agua, pero nunca lo hacían. Al menos estaban de acuerdo en la musicalidad de los charcos, del romper del agua contra el asfalto, de la bebida caliente y el corazón frío. Y a veces llegaban a amarse y llovía dentro de la habitación y acababan empapados. Mara jamás olvidaría que no había vivido nada hasta que sintió por primera vez la mano de Alex junto a la suya y, aún ahora en su lecho de muerte, se reconocía víctima de las consecuencias de un primer beso o un primer aniversario. Lo que más le dolió siempre fue no poder desprenderse de él como se había desprendido de todos. Lo fácil que le resultaba coger sus cosas e irse por la puerta de atrás, como si no hubiera pasado nada, en cada amistad, en cada pariente. Todo o casi todo era temporal salvo él, que no lo era, y eso siempre la ponía muy triste.

No hay comentarios:

Publicar un comentario