lunes, 7 de noviembre de 2016

Espera, deja que te cuente.

   Y te pierdes, porque siempre te pierdes, como solo tú sabes perderte. Te enredas entre tus propias palabras y te quedas colgando patas arriba. Y yo me pierdo en los soles que tienes por ojos y vislumbro cada pigmento de tus iris —grandes, marrones mientras asiento con la cabeza, bobo, y sonrío cuando tú sonríes porque quiero que separes tus labios para colarme entre la rajita de tus dientes. Yo pienso que ninguna palabra vale más que un beso y sigo abstraído mientras hablas de cosas a medias, recordando que no hay mejor baza que la que nunca se enseña. Tiendo a enamorarme de la ausencia, de la potencia, y de todas las fuerzas que están por ser y que no son.
   Me preguntas qué hago. Te dibujo un mapa. Desde tu pico de viuda hasta tu tornillo, pasando por tu cicatriz. Y los pliegues de tus párpados, que son mis pliegues favoritos. Esas pequeñísimas hendiduras que desaparecen cuando sonríes con los ojos cerrados; te mentí, tonta. Abrir y cerrar los ojos y dibujarte en mi pecho es lo que hago, porque mañana no te voy a ver y mis días son, a veces, tediosos, y si te escucho resonando primitiva en mi caja torácica, quizá lo sean un poco menos. Pero no, no puedo describir tu voz. No sé escribir tu voz...

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