miércoles, 19 de octubre de 2016

Gimnopedia

Soñé un pequeño sueño sobre ti

en el que ambos estábamos muertos y, como tal,

ya no extrañábamos la vida.


Tus enmohecidas manos se aferraban a mis hombros

como queriendo decir mira, ya no te quiero.


Tu mirada se había tornado fría,

como el dentífrico, como el suelo,

abnegada de arpegios y de gritos pelados,

y la obtusa elipse de tus ojos que tanto estimo

se sorprendía al recibir la caricia de mis pupilas.


Durante un momento fue tan precisa la reflexión de la realidad

que supe que mis sueños estaban bañados en plata.


Te desescondiste tras de un velo para venir a verme,

yo necesitaba ayuda.

Quería volver a vestirte de letras

olvidarme de las rimas mudas.

Y mecida entre los míos, vestida toda de blanco,

eras otra vez tú,


Ya no fue cruel nunca más tu imagen,

como queriendo decir mira, ya no te quiere,

pero te quiso, y como te quiso.

Tuve que tener lengua para poder consumir todas tus dosis pasadas.


Atareado en reconstruirte plena, morena, rojiza y negra,

confieso que al despertar boqueé en busca del sueño,

y desconcertado por no hallar rastro tuyo, ni por dentro, ni por fuera,

tuve que aceptar que ya no eras.



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