sábado, 17 de septiembre de 2016

Trilogía de la tierra

Mi padre siempre me dijo que hay que valer para todo y para todo hay que valer. ¿Sabías que la vida se supera "echándole idea"?
   Sí, suya es la culpa de que nunca haya sabido detenerme. Solo hay una dirección y una clave para avanzar que es currar y currar más y más, y mejor y mejor. Mi padre con su escasa formación que se sabe el mundo de memoria desde que me hizo imprimírselo para leerlo en cada viaje entre el andamio y el hogar, porque a él no le gusta pelear con nadie y menos con el viejo Pentium IV de casa. Y llegar hasta arriba de cemento y sobrarle fuerzas para querer como mínimo a tres personas y salir a la carretera a quemar las ruedas de una Pinarello blanca. El Monillo, querido y por querer de todos los conocidos de su vida actual y futura, hombre carnavalesco de sonrisa fácil y mayor facilidad para sacar sonrisas. De él heredé poco, pues difícil es heredar material tan bueno, pero sí el ovillo necesario para hilar todo mi pensamiento. Un hilo de un color que tanto se parece a la necesidad de comerse el mundo, con pan, vino y postre, que no soy capaz de no hacer, de no avanzar y de no ser bueno con los demás. Y el sentido del humor, joder.
   No dudo que todos tenemos algo de bondad y que conviene usarla porque mi madre limpió esas dudas a golpe de plumero hace ya mucho tiempo. Mujer imparable, la segunda cabeza de la hidra, medalla olímpica en relaciones intra e interfamiliares. Sangre de café -recién molido, sin torrefacto- y ojos marinos, escudados en gafas de montura metálica para mayor disimulo de la condición de super heroína. Carga consigo el número 53 de la calle Valencia y la mayor parte del 29 de Cruz de Hierro, y todavía le da el nervio para pluriemplearse y supervisar las vidas de sus hijos, no vaya a ser que algo se tuerza y mañana nos levantemos un poco más pobres o tristes de lo que lo éramos ayer. No nos engañemos, soy obrero hijo de obreros, que trabajan en obras o que hacen buenas obras, o que son como hormiguitas obreras que construyen o recolectan alimentos para pasar el invierno. Porque el camino siempre ha sido enrevesado y difícil de seguir sin desorientarse, pero siempre lo hemos allanado.
   Y para eso está y estuvo ella, la más grande, allá por donde pisaba, o dejaba de crecer la yerba o crecía mucho más alta y de colores más locos y vivos. Científica de la vida, experta en mezclar los ingredientes de cada historia sin miedo a obtener cien finales malos hasta rodar la toma buena. Gitana, viajera, artista, esotérica y creyente de creer, convencida tanto de sí misma que tuvo que convencer a todos los demás para que viviésemos tranquilos. Tanto me ha enseñado su método, el que ella denomina Aprendizaje vital a base de hostias, y que hasta ahora consta de 26 volúmenes, que ya sé en quien tengo que confiar y en quien no. Pero sobre todo me enseñó que hay una medida buena para todas las cosas de la vida, y que hay que enamorarse de lo que uno hace, o de lo que quiere hacer, o simplemente enamorarse y cruzarse un país como un loco si se está jodidamente convencido de que es lo que se tiene que hacer. Menudo huracán.


No hay comentarios:

Publicar un comentario