viernes, 5 de agosto de 2016

Instante

Vamos a parar el tiempo justo ahora, como siempre hemos deseado, por muy antinatural que parezca. Está tu pelo ondeando chispas rojas, siendo cortina de tus ojos y víctima directa de mis manos. Las durezas de mis dedos recorren tus mejillas y tu cuello en un intento de unirte mucho más a mí, de empujar la tensión para que estalle a borbotones entre nosotros, y que nos moje y nos ensucie. Una gota de sudor vuela, agitando las motas de polvo del espacio y estrellándose contra la pared. El abrazo de tus piernas me absorbe casi tanto como el de tus ojos y, poco a poco, milímetro a milímetro, te mueves, te estás moviendo. Yo altero mi prosodia corporal y te acompaso a destiempo, armonizo las notas de tu piel y de tus labios y te recorro toda cuanto eres, hacia atrás, mientras tú me atraviesas con tus dientes el pecho, el corazón, la sangre, hacia delante. Un ligero retemblor de lana, las contracciones y los jadeos, se cosen en un retal hecho de nosotros y soy plenamente consciente de tu esencia presente, como un círculo marrón que me cerca, por dentro y por fuera, soy tu diana, tu blanco. Te agarro, te aferro contra mí como si fuera necesario, pero ya estás enlazando nuestras lenguas y pegando nuestros labios de forma irreversible, y es entonces cuando te respiro tan de cerca que casi te vivo. Estoy dentro de ti. Quiero que me ahogues con tu boca, estrellando en mis oídos palabras de las tuyas, y te voy a rasgar la piel con mis manos.

Lo que quiero es mirarte y no llorar.

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