sábado, 23 de julio de 2016

Puede que tú no lo recuerdes, pero hubo una vez en la que tu boca se acercó poco a poco a la mía, quedando peligrosamente quieta a escasos centímetros de mí. Y me fue imposible saber si ibas a besarme en la mejilla, la boca... o si querías morderme, suave y dulce, el labio inferior o el superior. Me veo parado, de pie, asombrado por la curvatura de tu cuerpo pretendiendo buscar el mío. Flotan las motas de polvo tal se ve en los haces que atraviesan la habitación de la ventana al suelo, mientras cada uno de los motivos de tu vestido reposan perfectamente en su sitio. Te juro que a día de hoy no soy capaz de expresar qué pretendía tu boca, pero cometiste el acierto de delatarte exhalando tu aliento sobre mi piel. Inspiré profundamente y quizá tuviera los ojos cerrados, porque recuerdo percibir con claridad el discurrir de la sangre dentro de mí tras la caricia de tu aliento, impulsada por un atropellado bombeo. Debiste pillarme desprevenido, pues no fui capaz de abrazar el instante como te abracé a ti, y en un momento, ya estábamos siendo uno. Sucedió en la cocina.

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