martes, 12 de julio de 2016

Barullo

La vida está dentro, la vida está fuera. Dentro de cada óvalo encarnado con forma de negra letra, como la a o la o, que son puro testimonio de tus ojos. Son estos instantes carbonatados, rescate del rincón más hondo de mi ser, único testigo de la destrucción pieza a pieza de mi mente. No pasa el tiempo, ¿pasa? O tengo especial sensibilidad para percibir el ligero aumento de temperatura en el espacio que una vez ocupaste. Casi estás ahí, irradiando tu calor junto a mí, cerca de mí, dentro de mí, para mí. No, el error es largo porque tiene demasiadas erres, pero no por ello deja de serlo. Francamente fuiste cúspide y hades de mi vida, me partiste en dos y todo eso, pero no hubo descanso ni final lógico y ahora soy la herrumbre del manuscrito, el retorcido latir de algo remotamente parecido a lo que era más mío.
            Qué, ¿es el desarrollo habitual –frecuente, normal– de los acontecimientos el consuelo? ¿O es más bien una ventana cerrada y muerta en un día de lluvia? Supongo demasiadas cosas porque siempre me ha gustado hacerlo contigo, pero a veces duele caminar sin tocar el suelo. Viajando entre fechas y líneas es imposible no notar el sabor a mentira. Soy yo el primero, como siempre, que por ende se cansa de mirar hacia atrás o hacia delante. Pero esta es la verdad de escribir sin borradores, que jueguen a la vez, peligrosamente, calor y abandono. Que gane la partida un viento frío y mañanero, como sin vida, que se deja entrar para airear el espacio. Ya no queda nada y lo queda todo, por fin eres forma.
          Creo que ya nos vamos entendiendo, mi vida. Eres perpendicular a una calle que sale del centro. Un viaje de mar a tierra. Unos tragos. Una bicicleta, un piano y un parque. Y tabaco, mucho tabaco, más tabaco. ¿Cuánto tiempo hace que no tienes ojos y que no los tengo yo? Porque he perdido un par de cuentas en temporadas de no encontrar nada en el suelo, y la última vez que toqué la reflexión de tu imagen en el espejo, casi no la sentí caliente. Dibuja sonrisas ahora que todavía queda tinta. Se cansada y ansiosa. Discurre azul y turbulenta, que yo quiero ser de piedra, pero solo porque anhelo que acaricies cada uno de mis salientes con tus pliegues.

           Hay que joderse, solos, de día y de noche, las veces que sea necesario, pero, ¿cuándo podremos decir “entonces”? Lo extraño todo todavía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario