lunes, 30 de mayo de 2016

De alambre

Vos no fuiste mi mina de la plata. Separan la saliva y la lengua dos mundos de herrumbre que, en sus órbitas, a veces chocan. Ahora yo soy tan solo el efecto colateral del oscuro paso del tiempo y el zapateo de tres pies ebrios en un momento de piedra, pero jamás me sentí tan lejos de ser tan solo como cuando no lo fui con vos. Y permíteme esta lanzada aunque no haya habido otras, porque, aunque soy torpe y niño, mis ojos y mis manos supieron oler la sal de tu cabello, probar el aire de tu boca, escuchar los viajes de tu piel. Cuando vi tu cabecita a lo lejos, desde el principio quise pararla junto a la mía. No hay serendipia que valga, es complicado viajar con vos sin saber de donde vienes, a donde vas, así que timidamente acaricio las vocales y consonantes de un momento que ya pasa y que pronto pesa. Solo quería agradecerte aquella sonrisa vaporosa tuya que jugó ayer con mi mirada, el atraerme a la intersección de vuestro mandala de momentos únicos de hilo áspero, para, después, salir ahogado de cerveza rubia y pelo negro. Viaja por los dos, por los tres y por los cuatro, y que cada escala en tu camino sea otro viaje más, hacia la música, hacia lo conocido y hacia lo que está por conocer. Cuanto me alegro de haber sido para vos ese chiquito abrazo de nieve. Para mí siempre serás aquella dulce mujer de alambre.

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