sábado, 23 de abril de 2016

Cuarta carta - Recitado en Vergüenza Ajena (20/10/2016)

¿Recuerdas los recuerdos? Yo a veces les doy cuerda, y concuerdo contigo en que concordábamos más antes de la discordia. Qué cordialidad el silencio que rodeaba al diálogo, cuando el dial proyectaba lluvia y éramos dianas de diecinueve porciones. Sucedían nuevas escapadas a media tarde o mañana. “Nieva”, te dije, y obtuve por respuesta tu nívea piel junto a la mía. Te empezaron a llamar novia, y aunque todavía no veía lo bella que eras, velaba muchas noches volando contigo, siendo duro y blando. Pero, ¿sabes?, siempre supe que éramos de diferentes bandos, tú abanderada y yo vadeando ríos metafísicos, badenes en mi vida sin andenes, pero por no quedarme parado, ando. Tanto que el espanto trajo consigo pantanos de lágrimas cuando nos plantamos en aquella cafetería de plata de segunda; metí la pata, sí, pero no sentí la patada hasta más tarde. Parada te quedaste en mi saliva, y tu mirada se sostuvo una miríada sin tu rostro, que migraba lagrimando como en una grabación, vacío. Ojalá hubiese sido algo más que el prefacio, pero prefiero tu fiereza y el haber encontrado tu fuerza algunas ocasiones más, abriendo y cerrando la puerta de mi casa y dando la vuelta, una y otra vez. Ahora vuelas lejos, y de vez en cuando sigo tus huellas de puro amor por ellas, que huelo tu pelo aún recogido y aunque no quiera me muevo. Y de nuevo me digo que no habrá un luego, que el juego ya se apaga y el fuego se termina, recuerdo los recuerdos y me muerdo las heridas para saber que no estoy muerto, que ahora vuelvo a tener vida. Despierto.

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