lunes, 11 de abril de 2016

1975 (II)

Derrapo a la entrada del viejo almacén con tan mala pata que casi volcamos, el suelo está embarradísimo. Abro la portezuela y penetro en la estancia donde hace un tiempo los señores Hammond y Hinchliffe jugaron con la vida de tantos inocentes. Busco la trampilla camuflada como una enorme baldosa, la dejo abierta, y salgo corriendo a la calle a por Zolo. El cielo está repleto de nubes negras, hay tan poca luz que Zolo parece una inocente muchacha dormida sobre una moto, pero las gotitas que caen al suelo y que están formando un pequeño charquito son inconfundibles. Joder.
            La apeo de la moto lo mejor que puedo y la cargo deprisa hasta las escaleras que he destapado tras la trampilla. No sé muy bien cómo me las apaño, pero consigo bajarla rápidamente hasta el laboratorio, la tumbo en una camilla metálica y procuro no prestar atención a las manchas rosadas que impregnan mi ropa. Me concedo dos o tres segundos para recuperar el aliento, me armo de un cortafríos y comienzo a desgarrar la ropa de Zolo, incluyendo la chaqueta que yo mismo le anudé al vientre. Verter el vinocular directamente en la herida espesó la sangre, no llegó a coagularla, pero voy a tener muchos problemas para extraer los cristales.
            En un bol metálico preparo el pastoespeso, lo dejo reaccionar y mientras tanto inyecto una pequeña, mínima dosis de adrenalina en una de las venitas azules del brazo de Zolo. Se me había pasado por alto que la he desnudado por completo, pero mientras aprieto el embolo me doy cuenta de lo que deseo a aquella chica, aun con la sangre y la palidez de su rostro…

            Otro sentimiento aflora en mí, la curiosidad científica. Tengo un sujeto perfecto para probar el regenerador celular, el anestesiante activo, etc. y me pregunto si alguno de mis dos sentimientos entra en la categoría de noble: mi atracción por una chica sangrienta y moribunda o la curiosidad epistemológica de testear potentes soluciones curativas.

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