domingo, 27 de marzo de 2016

1975 (I)

Zolo Marlene se muere. La he apoyado en un banco y le he dado un traguito de vinocular con la esperanza de que mitigue su dolor. Jamás lo ha bebido nadie en su estado, que yo sepa, pero el principio activo no tendría por qué dejar de funcionar. Zolo, con sus cabellitos dorados y su tripa manchada de rojo… Zolo se está desangrando, tomo consciencia de ello. Delira y sonríe, mastica el aire y escupe algunas palabras ininteligibles, salvo su nombre, su puto nombre.
            Si no hubiese llegado, todo habría sido muy distinto, yo habría sacado con cuidado la probeta del ombligo de Marlene y me hubiera ido de allí, como un fantasma, como si nunca hubiese estado. Casi me da algo cuando Serge ha abierto la puerta, pero  la que se ha llevado la peor parte ha sido Marlene, cuando la probeta se ha partido en dos. He perdido la fusión y he tenido que arrancarle la parte de dentro a lo bestia…
            Se me ha ocurrido una idea bastante absurda, pero la he puesto en práctica. Tumbo a Marlene boca arriba y subo su jersey. Puag, me dan ganas de vomitar, pero en su lugar vierto unas gotitas de vinocular allí donde tiene el mayor estropicio, y poco más puedo hacer, ya limpiaré los cristales cuando la tenga en mi laboratorio. Le he atado como he podido mi chaqueta humedecida en el costado y la he levantado con cuidado, pero parece sentir poco dolor, y su cabeza está dando vueltas. Durante una fracción de segundo soy tan gilipollas de apreciar lo tremendamente guapa que es, pese a estar casi literalmente ahogándose en sangre. Su pelo no tiene razón de ser, es incontrolable, domina el viento. No me gustan sus ojos, pero no me gustaría dejar de mirarlos. Y sus labios…
            Parece triste. Cargo con ella todo lo deprisa que puedo hacia la 125cc con la esperanza de no cruzarme con ningún agente de la ley. Eso que me resbala por las mejillas deben ser lágrimas, a juego con el moco que intenta conquistar mi labio superior. Fuerzo a Marlene a abrazarse a mí en la moto, y empiezo a temer el momento en que la sangre traspase el tejido y llegue a humedecer la piel de mi espalda, pero poco sentido tiene preocuparse por ello. Domino mis temblores lo suficiente como para arrancar a La Bestia y acelero con cuidado, no vaya a llamar la atención. El trayecto al laboratorio es el de siempre, familiar, tan transitado por aquella moto hacía tan solo dos años. La Bestia casi agradece lo familiar del suelo y del viento, y yo no dejo de pensar en Zolo.

            Zolo, con su potente cabellera rubia, con sus putos ojos no marrones y sus carnosos labios. Sin duda tiene mejores labios que Cindy. Durante una recta puedo mirarla de reojo y esta vez parece feliz, como si durmiera tranquilamente sobre mi espalda, pero no, no te duermas Zolo, no te estanques, no te pilles. El viento arrastra mis lágrimas hacia su cara y Zolo se sacude un poquito, molesta. Irónico que sean mis lágrimas lo que arranque una señal de vida de aquella chica a la que casi asesino, entre el rugido del motor y del viento. Nunca volveré a hacerte daño, me digo mientras vuelvo a mirar al frente. Ya falta poco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario