jueves, 3 de septiembre de 2015

Prospecto

Un buen día me da por tratar de ponerle nombre a esto, como si la solución a todos mis problemas fuera una etiqueta mágica, flamante, que abarque todos los hechos y los deshechos de ciento veinte días de soledad camuflando su negrura intrínseca bajo cierta belleza estética. Reptando cuesta arriba por los acontecimientos llego en último término a una especie de apocalipsis de treinta y dos minutos en el que forzosamente he de detenerme. Como todas las grandes catástrofes que se anuncian de manera natural, es en este momento primigenio donde identifico señales tan anticipatorias como inequívocas de un primer sismo mortal (y la infinita resaca instalada desde entonces), a saber, la confusión tourettiana de los vocablos monosílabos conocidos mayormente como "sí" y "no". Las consecuencias fatales han sido tratadas hasta la saciedad y sometidas al máximo escrutinio sin llegar a conclusión concreta alguna que socave la idea general de la futilidad de cualquier tipo de acercamiento agencial al respecto, es decir, que desde aquel momento en el que, según la teoría de los multiversos alternos, he cambiado el sí por el no, y solo posteriormente el no por el sí, me hallo casi por completo sometido a la ley del azar y a la voluntad externa. Esto se ha venido sucediendo regularmente y con ello aumentando la complejidad sistémica a medida que optaba por el no cuando en realidad quería el sí, y más tarde cuando sucedía a la inversa. Llegados a este punto no exagero cuando digo que en pleno uso de mis facultades soy incapaz de decir que sí, humanamente hablando, por miedo al desconocimiento que me domina del genuino productor de la afirmación. ¿Se trata de mí, de ellos, o de ella? Cuando se crea esta situación que tan profundamente desprecio actúo, como tan lógico me pareció en su momento, desde mis facultades ya no tan plenas; pero lejos de acercarme al estado anterior de armonía sí-sí no-no, destruyo la segunda relación, perdiendo la capacidad de emitir un no, que viene a ser sustituido por el amigo sí. De esta forma sigo dirimiendo sin querer lo que anteriormente hubo, perdiéndome en un entramado arterial de nuevas y viejas soledades y preguntándome a donde van a parar las cosas que no existen. A grosso modo, este es el relato técnico de la tragedia que me acontece, tras cuyo análisis percibo lo que parece ser la génesis de unos nuevos sí y no. Estas distintas y peores formas de expresión de la conformidad y la disconformidad, provienen, en principio, del registro temporal de las decisiones y los actos. A este negativo bruto se le aplica un tempo con las manos, siempre con las manos, y después se lee el sí o el no final y meramente subjetivo. Curiosamente el resultado es mucho más favorable a mi verdadero parecer, asemejándose a la realidad previa a aquellos treinta y dos de coda, realidad que sin duda es mi auténtica arteria madre y por la que yo debería circular.
    Quiero hacer entender con todo esto que: antes, ahora, aún, todavía, tarde, luego, después y toda esa retahíla de adverbios de tiempo son los que experimento y que atestiguan que sí, que después de todo y con mayores motivos sigo como el primer día, enajenado de su imagen idealizada y a causa de otras cosas que no existen. Me pongo a temblar si pienso sin escribir y me muerdo labios, uñas y orgullo si la veo detenida y bella, como el instante, y cada minuto de su presencia real equivale a un mes de agonía mesmerizada. Sirvan estos párrafos para contestar a una pregunta que no se me ha hecho con un sí, tan real y auténtico, estoy puramente convencido de ello, como falso y efímero fue el último sí importante que me atreví a formular.
    Es tan cierto esto como el saber que mientras yo la pienso y la escribo ella me piensa y me lee, quizá anticipándose a todo esto desde su lejano universo arterial. Contamos, pues, con un nexo del todo irracional, fuente de dolor en forma de alegría inversa y por seguro mutuo y compartido, oscilante y de intensidad variable. Esta es en realidad la nota disonante, la causa de la inespecificidad vital que me corroe. La empresa ha resultado ser imposible, en todos los sentidos, no obstante odio reconocer que no puedo amar más el complejo resultado relativo y carente de denominación que está acabando conmigo.
     Ay.

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