martes, 15 de septiembre de 2015

Licencia desnuda

***


Se levantó Mara con una sola idea en la cabeza, y no habría de descansar hasta que no aglutinase todos los recuerdos de aquel lugar que flotaban a la deriva dentro de sí misma. "Aquel lugar", que ya casi consideraba uno de sus hogares, y que discurría para ella un kilometrado absurdamente grueso y dos años de esos que no se olvidan. Chamberí, que es tantas cosas, y tan mágico cuando estás con quien tienes que estar.
   Mara cazó en primer lugar el recuerdo de un abrazo que quedaba lejos del barrio, pero un abrazo que ilustraba sin duda el principio de Una Historia de Dos, la receta principal de su ideario con antecedentes brumosos de alcohol, besos y coqueteo. Lo sintió casi tan nítido como las réplicas de un terremoto, y más ahora que en ese mismo punto estratégico del universo había recibido un segundo abrazo de la misma persona, como si el cariño que se profesaban quisiera también acotar los recuerdos y guardarlos en algún sobre, dentro de alguna caja, dentro de algún cajón. «Las figuras de Morelli», no pudo evitar decir dentro de sí. Y, quizá demasiado pronto para ella, con cada réplica se fue formando de humo un nombre en su cabeza, el nombre. «Deja que te enseñe a servir la cerveza» A «¿Te sales a fumar conmigo?» L «¿Vendrías al cine el miércoles?» E «Podríamos ir a tu casa esta noche» X. No pasa nada, no era nada malo. Respiró con el diafragma y escuchó el murmullo de Alex en su cabeza, sin retenerlo, sin juzgarlo, dejándolo fluir como se había obligado a aprender. Así empezó, así empezaron.
   Prosiguió, decidida, y se reencontró con aquella manía suya de otorgarle nombre a las cosas, lo tuvieran o no, fuesen inanimadas o también personas. Un colchón afortunado pasó de la noche a la mañana a llamarse Pandora, a ser la caja rellena de muelles que sostendría dos cuerpos tan diferentes durante tantos fríos días y calurosas noches. No querían salir de allí, y se contentaban con sacar a pasear sus miradas a través de la ventana de la mano de un cigarrillo de liar. Allí comían verduras o cenaban arroz, casi siempre arroz, y hacían huelgas de amor durante horas infinitas, descansando a veces para jugar a inventar a Julio y a Merche, la pareja de viejos entrañables que ellos bien podrían haber llegado a ser si las cosas hubiesen sido. Se bajaban del mundo que giraba tan rápido y tan mal y se subían uno encima de la otra, o viceversa, de manera que la señora anciana que regaba los geranios de su ventana despreocupadamente, y que tantas veces los vio desnudos, fue nombrada Begoña porque no podía ser de otra manera. Begoña, la que tenía problemas para abrir la pesada puerta de su casa. El simpático tabernero de Bilbao dejaba de ser Alfonso cuando iban a visitarle y se convertía en Jacinto, el señor autor del vino dulce con canela a seis euros el litro. «Ah... la fidelidad» les decía, y de forma muy sabia. No muy lejos de esta parte se le entremezclan a Mara en sus recuerdos los restos de un miedo que se iba resquebrajando beso a beso, seducido del todo por un te quiero pronunciado una grisácea tarde de abril en la boca del metro de Canal, y sustituido al final por la sonrisa de Alex que solo Mara sabía provocar, y todo esto tiznado de un cierto aroma a frutos rojos.
   Era ya de noche cuando Mara pasó por otra noche de la que prometió no hablar hace mucho tiempo. La mudanza, temida, tan maldita como necesaria, que a la hora de la verdad no sirvió sino para sumar una nueva colección de calles, habitaciones y color verde a su corazón. Ahora, esa fuerza centrífuga que siempre los había llevado a buscarse con los ojos cerrados, acabó por situar a ambos a menos de doscientos metros físicos. Un puñetero semáforo, pero muy puñetero, no podía separarlos, y solo un par de minutos bastaban para que ellos también fuesen un par, y así sucedía que era fácil que se visitasen a deshoras, cuando hasta las mismas puertas ya dormían y fueran un poco más el uno del otro. Era sin duda la mejor época de su vida, donde los más grandes problemas se reducían a llamar a Alex para que viniese a matar a la araña más monstruosa del universo y se quedase a dormir por aquello de montar guardia. Y vio Mara las rayuelas a pie de calle, la Fuencarral llena de niños y teatros los domingos, y Olavide, la mágica plaza donde anteriormente habían ido a parar en algunas ocasiones de puro azar, y que ahora era casi una parte de sí misma, como un gran añadido de su pequeña habitación. Acostumbraban a ir al cine con los viejitos del barrio, que se molestaban cuando Alex se comía las palomitas de forma tan ruidosa o cuando se reía de sus payasadas glíglicas, que ignoraban que Mara lloraba por lo bajín en casi todas las películas tristes y que por último se sumaban a ellos en la emisión de un sonoro aplauso final, concediéndoles en el acto un gramo de la solemnidad de la que solo gozan las personas de principios del siglo pasado. Consistió la nueva habitación de Mara en unas camas sin nombre y un espejo donde se veían amarse, y no bastaba para llenar aquel espacio, y empezaron a divertirse con la música y la tenue luz de una única vela aromática, mientras se iban introduciendo un poco más en ellos mismos, y jugaban en el suelo a reírse con un gato y un perro que también tomaban parte de aquella extraña vida.
   Pero es la extraña vida eso donde al final solo importan las causas finales, la muerte la que dignifica, final por excelencia de las cosas que existen y de las que no, la puerta de la calle. Para su pesar, Mara estaba descubriendo que las cosas que no existen al final van a parar donde las que sí: a ningún lugar. Ella no es idiota, no, al menos en el sentido estricto del término, así que ya casi había reunido los retazos que quería coleccionar. Casi. Pero.

El extrañamiento de no tener esa foto en esa mesita porque, al fin y al cabo, estaba aquí antes que ella. ¿Dónde está esa ropa antes tirada en el suelo de cualquier forma? Que todas esas cosas se han ido. Están en cajones de madera a miles de segundos de distancia. Es la ausencia en estado puro, que la adolece cada tramo de pintura de la pared, y ya apenas quedan pelos rojos debajo de la cama... la cama en la que se sugieren formas de abrazos y sueños en las sábanas de siempre, sombras de una película antigua. Recuerda el caso de otras dos habitaciones que han pasado por lo mismo: todas se quedan tristes y vacías, tan solo manchadas de por vida por su apabullante presencia temporal. Él no sabe lo que está haciendo, dudo que se haya a parado a pensar en los espacios que deja sin luz cada vez que cambia de vida, en el gris y en el vacío. El aire se vuelve más pesado y la habitación pide un poco más de él a gritos, quiere nuevas risas, jadeos y llantos. Ilusa, tonta, cien veces imbécil. Pero no juzga, lo observa todo humildemente, percibe esa tristeza fría, sublimada hasta el líquido, y se mueve como puede en uno de esos puntos muertos que él ha creado por toda la habitación. Reflexiona acerca de, piensa mucho en, siente que, se pregunta si, lee que, escribe, y punto y seguido. Quizá una nueva foto, unas nuevas manchas en la pared... o quizá la erradicación total de presencia alguna, buscando el reinicio de la vida entre esas cuatro paredes y el casi siempre olvidado techo. Lo más sensato parece el no, para qué, si el tiempo pasa más despacio con el . Y algo le dice que debe de estar muy mal si de verdad desprecia las oportunidades de que el tiempo se ralentice. Es el contraste lo que le mata, el frío de la habitación y el calor de la cabeza, que sigue igual de amueblada que el primer día.
   Allí dentro sigue su foto, sigue su ropa, sigue su pelo, siguen sus rituales, sus ojos y su forma de hablar(le). Lo mejor será que se meta en la cama e intente soñar cosas bonitas, ¿no?


***


Está Mara desnuda, y se siente poeta.

Se acerca a la pared que tiene empapelada con sus mantras.

Sabe muy bien quien es.

Nunca se ha rendido, siempre es constante.

Arranca uno de los papeles y lo besa antes de depositarlo en su lugar.


Magallanes, 16.


Y se acordó Mara del veinte, y quiso con todas sus fuerzas que aquel fuera el último dolor que él le causaba y estos los últimos versos que ella le escribía. Estaba desnuda y se sentía poeta.

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