jueves, 14 de junio de 2018

Encerado

Durante un momento fui dios frente a la audiencia.

Pasados algunos segundos
recordé que nunca se me enseñó a montar en bici,
tan solo a mirar el suelo con miedo desde una estructura
                                                 férrea.

Una lluvia estival o un vals en primavera
eran capaces de hacerme remontar
los arcaicos engranajes de una singular vida,
como la mano de un ser querido agitándose
en despedida, forzada por la marcha del ferrocarril.

Durante un momento encontré ciclos,
ingredientes idílicos, redundantes,
los trozos viejos de una vida herida
que a veces me encontraban como yo a ellos.
Y fui el gigante emisario de un orden simbólico nuevo
que triunfaba en el fracaso de su propio desgaste.

Perdí mi voz, sin peros.

Entre tantas angustias anónimas y tan pocas calles
                                        estrechas,
entre tantas estrellas lejanamente burlonas
y comercios de madrugada, tragos enteros
bebidos a medias, como versos derrochados en tristes
papeles de plata, como tantos otros avocados al olvido,
en el nodo austral que no se ve desde la zona
más recóndita de un abismo.

Por ahora, me duele hasta reír.

viernes, 8 de junio de 2018

Paz

Vive al final de la línea de autobús, perdida en un jardín, y es el principio de un vuelo. Su mejor amiga su gata, y por arma únicamente la dentellada de un león que no duele. Cree que todo está oscuro y no sabe que proyecta la luz y hace la sombra por donde pasa. Riza sus pestañas para elevarse y es amiga de los grandes y de los niños por igual. Su corazón, siempre lleno, no deja de tener hueco para aquellos que, perdidos, se la encuentren de noche. No tiene maldad alguna y se refugia en una sonrisa adorable, incomparable. Cuando hace falta, navega a contracorriente entre lágrimas con el alma escorada. No deja de orbitar, gravitatoria, y cuando se detiene siempre baila sobre su propio eje, subida a sus pequeños zapatos de ancha plataforma. 
   Es necesaria.

miércoles, 6 de junio de 2018

19

/05/2018
Se ven las estrellas, docenas de ellas. El momento no es perfecto porque me faltas tú y tengo frío en los pies, pero también se oye el ruido del mar contra la cala, lucha infinita. Algunas titilan, otras son firmes luceros, pero lo cierto es que la gran mayoría ya estarán apagadas. Mientras las miro sueño cosas, cosas que quiero hacer y personas, sueño contigo. El oleaje sigue golpeando las rocas de la cala. Tengo frío en los pies. Quisiera abrir y cerrar los ojos y aparecer en tu alcoba. Quisiera escrutar el cielo bien, a través de lentes, como Galileo.
   El cielo está mágico y lo amo, cada vez más. El cielo tan pronto es azul noche como rojo bermejo. El cielo está preñado de estrellas y adornado por el sonido del batir del agua en la roca, espuma que ruge, salpicaduras. Ojalá estuvieras aquí. Ojalá estuvieras aquí. Qué momento tan bello, tan mágico.

Pero la felicidad solo es real cuando se comparte.

sábado, 2 de junio de 2018

Nostalgia adjunta

Hubo un día en el que tú,
que nunca dejabas de caminar
                entre besos,
te detuviste a puerta cerrada
entre los latidos de mi tiempo.

Quizá tuve yo la culpa
al mirarte de aquella manera
cómo se miran los ídolos
de las revoluciones a punto de estallar
o quizá fue cosa tuya,
que me besabas en la distancia
para incorporarme, precisamente,
a tu simbolismo precioso.

Desde ese entonces es habitual
tenernos en la punta de la lengua,
encontrarnos al final del viaje o de la mesa
sobre un trono de café
o de recetas a medias.

Hoy, de manera incontrolable,
la temporalidad de cada día
entre nuestros brazos,
me enmudece al recordarme
que quizá algún día serás recuerdo

y nuestro idioma se fugará
como lluvia de estrellas
entre los deseos secretos
y las fotos que no proyectamos
sobre ninguna superficie.

jueves, 31 de mayo de 2018

Costumbre

Ocupamos lugares -como siempre- complementarios pero opuestos, elegidos por la casualidad misma. Parece que lo hiciésemos adrede, que nos empeñásemos en ser, cada uno, un espejo bruñido del otro. Lo cierto es que nos depositamos como motas de polvo que vienen de bailar juntas, que nos hemos arremolinado entre luz, sábanas, placeres y quehaceres, hasta que la vida, compasiva, ha tenido que separarnos con dulzura, como una madre separa a sus dos niños que se pelean, para que recuerden que se quieren y vuelvan a jugar más tarde.
   Yo te miro y tú me miras, pero sin mirarnos nunca o, por lo menos, no todavía. Nos escrutamos solitariamente para comprobar que todo sigue bien, que estamos enteros y hemos sobrevivido a otra noche marginada sin ser devorados por las chinches o las pesadillas. Y es desde esta tribuna que, cuando mis ojos se pierden obnubilados por la clase y se cruzan con los tuyos, se dispara una de las sonrisas favoritas de mi vida. Ahora sí nos estamos mirando. Saber que es tan simple, que si te enfoco por casualidad en mi mirar, los mismos labios que cuando pueden abrazan mis dedos se curvan de felicidad, me llena de paz.
   Nada más apreciar este gesto lo bombeo con fuerza a través de mis venas y, de manera bruñida y enmarcada, te lo devuelvo, ya sé que tú debes sentir algo parecido. Con otros matices quizá, pero no has podido dejar de notar esta risa. Algo en tus ojos me lo dice o, quizá, sea mi reflejo. Pero vuelven a cruzarse nuestras caras y de nuevo me sonríes de esta manera. Poco después me escribes para hablar de una sonrisa mía que te tranquiliza y que sucede cuando tus ojos se encuentran con los míos, y yo te siento como de cristal bañado en plata e imagino los infinitos haces de luz que no pueden morir entre nosotros.

Ratos

Yo me personaba en tu epopeya
con la lírica intención
de pasar una serie de noches al raso,
invadir contigo a veces
el carril contrario.

Tú, cinestésica,
trajiste tu colección de heridas bellas.

Nacimos para quedarnos.